TESTIMONIOS

Estaba en una discoteca bailando con unas amigas y un desconocido se me acercó y me agarró un pecho. Por primera vez en mi vida fui capaz de reaccionar y no quedarme en estado de shock y le di una suave bofetada mientras le decía con voz firme mirándole a los ojos: NO, NO, NO. No me atreví a pegarle más fuerte, porque no va con mi personalidad y porque me daba miedo su reacción. Sorprendentemente, el chaval se disculpo, al parecer capto el mensaje.


1 comentario:

  1. Carolina : “Me habían usado con fines lúdicos propios sin mi consentimiento.”
    Fue hace poco más de un año. Era una mañana de primavera en la que madrugué para coger el turno a la mujer que habíamos contratado para que pasase la noche en el hospital con mi abuela. Tenía que coger el tranvía y un afable abuelo al ver que yo recargaba apurada la tarjeta (ya llegaba el tranvía) me ofreció que en caso necesario podía viajar con su tarjeta de jubilado, ya que sus nietos estaban incluidos. No hizo falta porque recargué a tiempo. Igualmente al subir al tren se sentó a mi lado y me dio conversación. Yo educadamente le seguí; las gentes de Zaragoza son muy comunicativas y no vi nada malo en que un abuelo madrugador quisiera alguien con quien compartir el viaje. Me enseñó fotos de sus nietos, me dijo que ya jubilado se dedicaba a obras de caridad, a enseñar o jugar con niños pobres o de los hospitales, etc.. El trayecto era corto y enseguida llegó mi parada. Así que cuando paró el tranvía tuve que interrumpir su retahíla de anécdotas levantándome y despidiéndome. Antes de salir en un abrir y cerrar de ojos sonrió y me deseó que tuviera un buen día dándome una palmadita en el culo.
    Se apoderó de mi de nuevo la parálisis de quien no da crédito a lo que está pasando. Ya había bajado, ya se habían cerrado las puertas, ya se había ido el tranvía. Y con él el, seguramente orgulloso, abuelo sonriente, un trozo de mi ultrajada confianza y mi ya desgastada inocencia.
    Aún incrédula, traté de justificarlo como un gesto inocente de abuelo. Pero a una mujer desconocida, por muy nieta que pudiera ser suya, no se le palmea el culo condescendientemente. Mi abuelo murió por desgracia hace mucho ya, pero sé que jamás me palmeó el culo ni siquiera como azote, y ni mucho menos lo hubiera hecho pasada la adolescencia.
    Simplemente había vuelto a ocurrir, con casi 35 años, a plena luz del día, sin ningún contexto sexual, me habían arrebatado mi integridad. Me habían usado con fines lúdicos propios sin mi consentimiento. Y yo una vez más no había podido hacer nada. Me odié por haber vuelto a ser estúpidamente vulnerable. Me sobrevino otra vez ese horrible sentimiento de culpa, por no haberlo visto venir, por no haberlo evitado, por no haber reaccionado, por no haberle increpado.
    El afable abuelo no obtuvo ningún castigo como respuesta a su comportamiento, como seguramente no lo había tenido jamás en sus muchos años de machista. Actuó con la seguridad y frialdad del que sabe que tiene las de ganar, convencido de sus derechos y privilegios. Y seguramente seguirá montándose en el tranvía a primera hora de la mañana del domingo, para acercarse a jovencitas a las que tocar el culo, una pierna, o lo que sea. Puede incluso que ese hombre, con apariencia de señor, siga haciendo sus obras altruistas dando clases y jugando con niños y niñas para luego, de la misma manera que se había acercado a mi sin motivo o finalidad aparente, poder abusar de ellos impunemente.
    Paralización. Rabia. Silencio. Vacío.

    Extraido de http://barcelona.ihollaback.org/

    ResponderEliminar